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 Orgullo de todos los peruanos, emblema arquitectónico de nuestra ciudad, la plaza de Acho cumple mañana, 30 de enero un año más desde que por primera vez se corrieran toros en su histórica y vasta arena, cargada de leyendas, triunfos, tragedias y fracasos. Como la fiesta misma.
En los años cuarenta del siglo dieciocho, don Pedro José Bravo de Lagunas y Castilla era catedrático de leyes en la Universidad de San Marcos, oidor de la Real Audiencia – un paralelo aproximado al Legislativo actual – y asesor personal de quién entonces era virrey del Perú: el Marqués de Villa García y Conde de Superunda. En 1746 ocurrió el peor sismo del que se tiene registro en Lima y la ciudad, incluyendo El Callao que sufrió los embates de un terrible maremoto, quedó prácticamente en ruinas, con cerca de 20,000 fallecidos (de una población de aproximadamente 70,000), y con la mayor parte de los edificios en la más completa destrucción. Entre las instituciones que más daño sufrió estuvo el Hospital de San Lázaro, dependiente directo del despacho virreynal, cuya reconstrucción se la encargó el virrey a Bravo de Lagunas. Don Pedro José, corto de recursos, pidió y obtuvo permiso para organizar corridas de toros, en plazas desmontables instaladas cada domingo de carnaval en unos terrenos adyacentes al jirón Hualgayoc, justo donde ahora se alza bella e imponente la plaza de Acho. A pesar del éxito de su gestión – el hospital fue reconstruido totalmente concluyéndose las obras en 1758 – a Bravo de Lagunas lo sacaron de circulación las intrigas políticas y lo reemplazó en el empeño el hacendado cañetano don Hipólito de Landaburo quién contaba con el favor, el entusiasmo y la aprobación del ya entonces virrey Manuel Amat y Juniet – que llegó a Lima en 1760 – y que se haría famoso no sólo por sus amoríos y frivolidades sino por ser firme propulsor de las costumbres culturales españolas heredadas de la península, por lo que consideraba que la ciudad debía contar con una plaza de construcción firme donde se llevaran a cabo formalmente las corridas. Así cuenta la historia que nació Hacho (promontorio de tierra de donde se divisa el mar, ergo San Cristóbal, y que luego la jerga popular convertiría en Acho) cuya edificación, aún inconclusa y a falta de algunos acabados, albergó un 30 de enero de 1766, a Gallipavo, Pizza y Maestro de España para lidiar unos toros de Cañete, propiedad, como no, de don Hipólito de Landaburo. Al festejo acudió en primera fila el mismo virrey, y el primer astado lidiado se llamó Albañil, de pelo blanco, con divisa caña y rosado, de la hacienda Gómez de Cañete, cuyo propietario, ya se ha dicho, era el constructor. Se resume así el nacimiento de Acho. Mañana cumple 241 años y es la tercera en antigüedad del mundo. ¿Se imaginan cuanta oscilante historia puede caber en casi siglo y medio de vida? ¿Cuántos triunfos, fracasos, tragedias, anécdotas y grandes acontecimientos estarán grabados en el recuerdo y el imaginario popular, en tan largo tiempo? Algún día alguien escribirá al detalle la historia de estos años. Por ahora, nosotros, orgullosos aficionados, nos limitaremos a saludar en su día a uno de los más emblemáticos y queridos edificios de nuestra capital. Felicidades, admirada y queridísima plaza de Acho, que los cumplas muy felices y por doscientos años más, como mínimo. |